Barcelona es una ciudad turística, de eso no hay duda, pero hay algo en la forma del "conocer" del turista que me genera cierto conflicto. Se piensa que quien visita Barcelona debe ir a la sagrada familia y al parque Güell de Gaudí, caminar por el paseo de Gracia y cómo no, pasar una tarde por las Ramblas. Sin duda son grandes obras y lugares por conocer, eso no lo niego, sin embargo, se han convertido en destinos turísticos tan marcados que parecen haber perdido esa esencia del ser-Barcelona.
Ya había pensado en esto un día mientras, al ir caminando por las Ramblas, podía escuchar que me rodeaba un murmullo en diferentes idiomas y cómo no, los innumerables "souvenirs" a la venta obstruían mi visión de las increíbles fachadas a ambos costados. Pero no fue sino hasta el recorrido por la Barceloneta, donde, circulando por entre callejones de lo que anteriormente solía ser un barrio obrero, pude experimentar esa esencia de la Barcelona oculta, aquella por donde no transitan los buses rojos de dos pisos.
Henry Miller, quien vivió como extranjero gran parte de su vida,dice que: "One's destination is never a place, but a new way of seeing things". Mi conclusión, un poco coloquial, el respecto es, que hay que conocer la Barcelona que saca sus trapitos al sol...Y literalmente! Una de las imágenes más vívidas que tengo del recorrido es la de los llamativos balcones llenos de cicatrices por los años y el sin igual toque de ropa colgando en ellos, que antes de ser, como diría la normativa de las ciudades modernas, "mugre para la fachada", dice más de Barcelona que cualquier lugar indicado en un mapa turístico como indispensable.


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